Yo soy superdotado

Luis, 44 años, Cociente Intelectual 140.

Siempre me sentí diferente a los demás, pero no entendía cuál era la verdadera razón. También me dijeron que era muy inteligente, y cuando tenía 22 años, en plena depresión por mis problemas en la universidad, me hice las primeras pruebas de inteligencia y me dijeron que tenía un cociente intelectual de 140. Confirmarme que era muy inteligente fue positivo para mí, pero no entendí lo que esto había influido en mi vida, y no lo he percibido hasta hace bien poco. En la actualidad, puedo decir que ya lo comprendo, y por esa razón, por si es útil a otras personas como yo, permítanme que les cuente mi historia.

Nací hace 44 años, en el seno de una familia normal, de clase trabajadora, y en un hogar del centro urbano de Madrid. Con apenas dos años, mi curiosidad natural me llevó a aprender a leer a partir de los anuncios y rótulos que aparecían en la televisión de la época. Asocié muy pronto sonidos y grafías que llegaban por la pequeña pantalla y conseguí memorizar los nombres de presentadores y personajes que salían por aquel aparato, así como las paradas de las líneas de autobuses y del metro, y todo aquello que contenía letras. Muy pronto, también les pedí a mis padres que me compraran periódicos. Esto suscitaba la admiración de mis padres y de mis vecinos, que veían en mí a un pequeño sabio que podría tener un gran futuro en los estudios.

Ya con seis años nos trasladamos a una ciudad del extrarradio de Madrid. Hasta entonces, prácticamente no había jugado en la calle, porque en el centro de esta urbe el entorno no lo permitía al encontrarse llena de calles y avenidas dedicadas casi exclusivamente a la circulación de automóviles. En mi nuevo barrio, el entorno era más tranquilo y los niños jugaban libremente. Allí llegó mi primer tropiezo con el entorno, porque los demás chicos jugaban al fútbol y a mí no me gustaba. Me encantaban los medios de comunicación, especialmente la televisión y la radio, por lo que me convertí en un locutor aficionado que narraba los partidos. Mis amigos querían ser Santillana y yo quería ser José Félix Pons.

Pero no me entendían, me dejaban de lado y se burlaban del “tonto del micrófono”, lo que hizo que comenzase a sentirme raro ante los demás, excluido. El dolor, la soledad y la sensación de padecer algún defecto que me impedía ser como los demás estuvieron muy presentes durante todo este período.

A partir de entonces, comencé a aislarme y a vivir en mi propio mundo, un mundo de voces, sueños y nombres.

La llegada al colegio supuso un cambio, mis compañeros sentían cierta admiración por mí, ya que prestaba mis deberes a todo el mundo y obtenía las mejores calificaciones solo con leer el temario el día anterior. Sin embargo, no me resultaba fácil relacionarme con los demás, seguía sintiéndome diferente y continuaba con miedo a las burlas y al rechazo, por todo ello, tuve muy pocos amigos con los que jugar. Los profesores decían a mis padres que yo era muy inteligente, pero nunca se plantearon confirmarlo con pruebas de inteligencia ni ofrecerme educación especial, aceleración de curso o las adaptaciones curriculares de hoy en día. Tampoco se plantearon que asistiese a ningún colegio especial. En los años 80, prácticamente nadie hablaba de altas capacidades o superdotación y los niños de entonces crecimos sin ningún tipo de ayuda educativa.

Cuando llegué al Instituto comencé a suspender algunas asignaturas y dejé de destacar en el ámbito académico. Realmente, no sabía estudiar, nunca había cogido hábitos de estudio, cuando suspendía algún examen no sabía cómo actuar, por lo que empecé a pensar que me estaba volviendo torpe con los años.

Al mismo tiempo, en plena adolescencia, los demás chicos comenzaban a pensar y a coquetear con las chicas, pero yo no sabía qué hacer. Me gustaban, pero no sabía cómo acercarme a ellas y sentía miedo al rechazo. Mis compañeros empezaban a salir en pandilla con ellas, mientras que yo me quedaba en casa.

Así pasé la adolescencia, de casa al Instituto y del Instituto a casa, consiguiendo terminar los estudios de secundaria con bastantes dificultades. No tuve que repetir ningún año, pero sí tenía las matemáticas de tercero de BUP sin aprobar, así que, aunque conseguí aprobar COU, no pude acceder a la carrera que quería y con la que soñaba desde mi infancia: Periodismo.

Al no poder ingresar en esta, me decidí por Filología Inglesa, ya que tenía bastante habilidad para los idiomas. Lamentablemente, en el primer cuatrimestre suspendí prácticamente todas las asignaturas. Ya no me bastaba con mi fantástica memoria, tenía que estudiar, pero ni lo había hecho nunca ni sabía cómo hacerlo. Con mi método de estudio habitual, mirarme el temario el último día como había hecho desde primaria, solo coleccionaba suspensos.

Sin embargo, la universidad me aportó algo que necesitaba: una vida social. Allí encontré a algunas personas con las que conectaba, me comprendían, y con las que no me sentía como el raro. De hecho, 25 años después, siguen siendo mis mejores amigos.

Continué con la carrera tres años más y seguí suspendiendo, pero me resistía a confesar a mis padres que no era capaz de seguir, porque sabía que tendría que abandonar la universidad y perder lo que más me importaba en aquel momento, un entorno social que me permitía sentirme aceptado por los demás, personas con las que podía compartir mis inquietudes e intereses y con las que me sentía bien por primera vez en mi vida.

Tras estos años de engaño, por fin tuve que confesarles la verdad, lamentando haber defraudado sus expectativas y su confianza. Es un pesar que todavía me acompaña y me siento culpable cuando lo recuerdo. Mis padres reaccionaron con gran comprensión, algo que siempre les agradeceré, no me juzgaron, pensaron que debía tener algún problema para no poder continuar, ya que eran sabedores de la capacidad que poseía. Me acompañaron a una psicóloga que al conocerme y contarle mi historia decidió hacerme pruebas de inteligencia. Por primera vez, me confirmaron que sí, que era muy inteligente, era superdotado, aunque entonces no supe relacionar este hecho con mi historial de fracaso escolar ni con mis problemas de relación.

Por entonces, saber que era superdotado no me ayudó, por el contrario, hizo que me sintiese mal al haber desaprovechado de esa manera mi capacidad. Mi autoestima era muy baja y me sentía como un inútil para el mundo laboral, creía no servir para nada, no perdonaba ninguno de mis errores y era extremadamente crítico conmigo mismo y con los demás.

Esta situación provocó que me incorporase más tarde de lo habitual al entorno laboral, y en cada una de las ocasiones en que he perdido un empleo siempre he pensado que había sido por mi culpa, que tenía que ver con mi incapacidad. Creía que era un inútil y que no sabía hacer nada en la vida.

Mis amigos se han ido casando poco a poco y han organizado sus vidas. Yo sigo viviendo con mis padres y siento que llevo años de retraso con respecto a ellos para alcanzar una vida satisfactoria e independiente.

La baja autoestima que sufría, los sentimientos de incapacidad y las depresiones que estos me producían, me han llevado a estar asistiendo a terapia de forma continuada, con unos y otros profesionales, durante los últimos veinte años, sintiéndome un poco mejor con la ayuda emocional, pero sin superar los bloqueos y sin ser capaz de tomar las riendas de mi vida.

Hace unos meses llegó a mis manos el libro La Maldición de la Inteligencia de Carmen Sanz y decidí probar con los psicólogos especialistas de El Mundo del Superdotado. Ahora estoy entendiendo qué significa ser superdotado y cómo esta circunstancia ha afectado a mi vida, cómo la falta de identificación cuando era niño, y la consecuente falta de educación especial, me ha influido.

La mayoría de los problemas con los chicos de mi entorno, sus burlas hacia mis intereses, que no entendían, se debían a que yo sí que era diferente, estaba más desarrollado mentalmente, era mayor que ellos, y, como consecuencia, me rechazaban. Hoy hablaríamos de acoso escolar, pero entonces se decía que eran simples “cosas de niños”, sin explicarte cómo estas “cosas de niños” podían afectar a tu autoestima y cómo podían llevarte al aislamiento de tu entorno como un mecanismo de defensa, creando un caparazón en el que no puede entrar nada, ni tan siquiera la amistad que todos necesitamos en la infancia y en la adolescencia para poder desarrollar nuestra personalidad.

Ahora comprendo las razones de mi fracaso en la universidad y cómo un apoyo a tiempo podría haberme ayudado, permitiéndome desarrollar la profesión que siempre he deseado, el periodismo. Sigo siendo un entusiasta de los medios de comunicación, especialmente de la radio, y, cada día, sueño con poder estar detrás de un micrófono. De momento, he conseguido un empleo, mi autoestima ha subido muchos enteros y estoy trabajando en la mejora de mis habilidades sociales porque sé que lo necesito para poder seguir adelante con mi vida.

En El Mundo del Superdotado me han animado a que les cuente mi historia. Ojalá sea útil para que otras personas puedan ser felices sin tanto sufrimiento, sin tantos problemas en la escuela o en la universidad ni, sobre todo, en las relaciones sociales.

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